
Chicles ultrarresistentes, boquillas de silicona para morder, aplicaciones de mewing: nunca se habían vendido tantos métodos para esculpirse una mandíbula. Tras la fascinación, la realidad es más sencilla y más exigente. Aquí va lo esencial, sin mitos ni prejuicios.
Lo que define una mandíbula
Tres elementos la moldean: el hueso, la grasa y el músculo. El hueso aporta la base, heredada de los genes y las hormonas, pues la testosterona ensancha la mandíbula en la pubertad. Pero no es algo inmutable: según el principio funcionalista de Melvin Moss, la función influye en la forma. Respirar, masticar, tragar, sostener la lengua: todo ello modela el rostro, sobre todo durante el crecimiento. La grasa, después, revela u oculta esa estructura: un rostro afinado deja entrever el hueso. Y el músculo, por último, redibuja los contornos, y su fuerza acaba incluso incidiendo un poco sobre el hueso, la célebre ley de Wolff. Nada está, por tanto, del todo fijado, a cualquier edad.
La función, tu mejor aliada
Es la palanca más poderosa y la más desatendida. En las redes la llaman mewing, pero es en realidad una verdadera disciplina, la terapia miofuncional, heredera del principio funcionalista. Todo empieza por la lengua y por su posición exacta: la punta apoyada en la papila retroincisiva, ese pequeño relieve situado detrás de los incisivos superiores, sin llegar nunca a tocar los dientes, y el cuerpo de la lengua contra el paladar. Y se traga empujando hacia arriba, no hacia delante. Bien colocada, la lengua sostiene el maxilar, el hueso central del rostro, y, gracias al tono que mantiene bajo el mentón, conserva nítida la línea de la mandíbula, esa célebre jawline. En el niño, orienta incluso el crecimiento de las mandíbulas, de ahí la importancia de acudir pronto a un ortodoncista y de emprender, si es necesario, una reeducación con un logopeda o un fisioterapeuta especializado. En el adulto, la lengua ya no remodela el hueso, pero su papel sigue vigente. A fuerza de empujar contra los dientes, una lengua mal colocada acaba desplazándolos y puede provocar una mordida abierta, esos dientes de arriba y de abajo que ya no se encuentran por delante. De hecho, eso es lo que hace fracasar muchos tratamientos de ortodoncia cuando la lengua no se ha reeducado. A falta de tono, también deja que se instale la papada. Una lengua bien colocada favorece, en fin, la respiración por la nariz, cuyos beneficios sobre el sueño y la oxigenación son los mejor demostrados de toda esta materia. Un matiz, eso sí: no funciona en todas las personas. Algunas tienen la lengua demasiado sujeta por debajo, un frenillo demasiado corto que le impide alcanzar el paladar; en tal caso, más vale consultar a un especialista.
Chicles, artilugios y verdad
Son las estrellas de las redes: los chicles ultrarresistentes, desde el mastic de Chios natural hasta el Falim turco, pasando por los llamados chicles fitness como Jawliner, y las boquillas de silicona para morder, al estilo de Jawzrsize. Todos trabajan el masetero, el músculo que da relieve a la parte inferior del rostro. En un hombre, un masetero algo más desarrollado refuerza el volumen y la línea de la mandíbula, lo que supone más bien una ventaja. Así que sí, el rostro se transforma con el ejercicio, pero seamos lúcidos: algunos venden humo, mientras que los estudios cuentan otra historia. El único estudio serio sobre la cuestión exigía una media hora de ejercicios faciales al día, durante varios meses, para un resultado real pero modesto. Ningún milagro, solo constancia. Y cuidado con el exceso: si se abusa de ellos, estos objetos dañan la articulación, a veces de forma duradera, y debilitan los dientes. Lo más eficaz sigue siendo lo más suave: unos pocos gestos diarios, en la zona del suelo de la boca:
- Lengua pegada al paladar, presionando con firmeza diez segundos sin tocar los dientes; repetir diez veces.
- Lengua estirada hacia delante, sacada y mantenida unos treinta segundos, para trabajar el suelo de la boca.
- Puño bajo el mentón, se intenta abrir la boca contra la resistencia de la mano, diez veces.
Súmales los buenos hábitos funcionales: masticar por ambos lados, pues masticar siempre del mismo lado acaba desequilibrando el rostro, respirar por la nariz y tragar correctamente. El rostro, como el cuerpo, solo recompensa la constancia.
Para aprender estos gestos correctamente e incorporarlos a una verdadera rutina, el taller de yoga facial te espera, tanto para los hombres como para las mujeres.






